Así me recibieron las monjas

Por: Israel Díaz Rodríguez
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Durante mis estudios de medicina en la Universidad de Cartagena, una vez que comencé a cursar el cuarto año, que ya las clases todas las recibíamos en el hospital Santa Clara, esto era, todo lo hacíamos con pacientes, es decir clínicamente.

De manera que en las vacaciones tanto de julio como las de Diciembre, yo en vez de irme para mi pueblo natal a ordeñar las vacas y matar mosquitos durante la noche, me quedaba en Magangue en el hospital San Juan de Dios donde por lo menos, si nó atendía directamente los pacientes, los médicos del hospital me dejaban presenciar el manejo de muchos casos quirúrgicos o en la emergencia.

Pero hoy no me voy a referir a esos momentos sino referirles como fui recibido el primer día por las Monjas que servían como enfermeras jefes de todos los servicios y desde luego por el Director del hospital.

La casa en donde yo vivía – como huésped – cuyos propietarios eran una familia de italianos, quedaba a unas diez cuadras del hospital; en esa época, años 1950, las calles de Magangué sobre todo las del barrio Córdoba, ninguna de las del barrio estaba pavimentada y como llovía constantemente, se formaban unos barrizales que las hacían intransitables para el peatón.

Como recién llegado ignoraba que existían buses que hacían el transporte entre el centro y el barrio, mucho menos imaginaba que existieran taxis, así que ese primer día de mi llegada al hospital llevando como único documento de presentación una carta que me había dado el Doctor Luis Carlos Padrón , como recomendación.

Ese día – repito – bien temprano, me vestí todo de blanco, de saco y corbata, zapatos negros bien embolados que brillaban a la luz del Sol evadiendo cuanto charco encontraba – que eran casi la totalidad de las calles – por mucho que traté de evitar que no solo los zapatos se me ensuciaran, sino pantalón , saco y camisa, pude llegar al hospital.

El primero que me miró con algo de asombro fue el portero, al notarlo extrañado, me apresuré a explicarle que había llegado a pie; el señor me orientó un poco y así hecho una miseria después de ser el punto de mirada de visitantes y pacientes que deambulaban por los pasillos del hospital, cada vez más avergonzado por mi estado, llegué a la oficina en donde estaba reunida la Junta Directiva.

A esta la presidía el Director que pude identificarlo de una vez por el sitio que ocupaba en una mesa de unos tres metros de largo tapizada de un mantel blanco donde además estaban sentadas, seis monjas luciendo hábitos color marfil con tocas que solo dejaban verles los ojos, la nariz y los labios, todo inmaculadamente limpio que desde luego contrastaba con mi indumentaria que, no hay que adivinarlo para comprender la manera como me miraron todos al hacer yo la entrada.

Temeroso de que me fueran a confundir con un mendigo, después de darles el saludo de rigor, saqué de uno de los bolsillos del saco, temeroso desde luego que no fuera a estar salpicada de barro, la que era mi carta de presentación.
El Director con un gesto de desagrado, poco amigable recibió la carta, entre tanto yo temblaba pensando que ni siquiera me iban a recibir, notaba sí, que a medida que seguía leyendo el texto de la carta, cambiaba aquel rostro adusto a complaciente. al darse cuenta quien la firmaba; cambió de actitud, con gesto amable me miró de pies a cabeza – cosa que antes ninguno había hecho – y casi lastimeramente ordenó a la monja superiora que un empleado me llevara a un baño, me limpiara y después de un baño, me vistiera con una de las pijamas de las que usaban los médicos cuando iban a verificar una intervención quirúrgica.

Ya así “uniformado” regresé al salón donde me esperaban, notando ya la diferencia, la manera como me miraban y comenzaron a tratarme.

¿Quién, o que cosa había hecho el milagro? ¿el cambio de vestimenta.?¿El contenido de la carta?


De inmediato me invitaron a sentarme en una silla que habían colocado entre el Director y la monja Directora acosándome cariñosamente con multitud de preguntas que en su mayoría versaban sobre mi vida de estudiante, fa familia y algo más.

En los casi tres meses que duré como “interno” en el hospital, me gané el aprecio de unos, el cariño de otros y el respeto de todos incluyendo a los médicos que allí trabajaban los cuales sin reparo alguno, me mostraban los casos que por allí desfilaban.

Las monjas tan amables me cuidaban como si fuera un familiar de cada una, me impusieron por orden de la Superiora, un régimen alimenticio muy especial; en aquella vida tan “muelle” aumenté tanto de peso, que antes de abandonar el hospital, la Superiora consultó con la dietista que debía hacer para rebajar de peso.

Contacto: juliande80@yahoo.com.mx

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